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TRAS LAS HUELLAS DEL PERRO DE AGUA ESPAÑOL
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Quiero comenzar este artículo manifestando que hoy por hoy no me considero en absoluto una experta conocedora del perro de agua español, pues soy consciente del enorme valor que tiene la experiencia, esa que algunos criadores poseen después de muchos años de luchar para que la raza sea reconocida y valorada en su justa medida. Pienso que quienes han trabajado en esta línea durante bastante tiempo conviviendo con sus perros son los realmente expertos. Muy al contrario, mi encuentro con el perro de agua español alcanza unos pocos años, cuando después de tener noticias de esta raza y de adquirir mi primer ejemplar empezó a interesarme cada vez más todo lo concerniente a su historia, carácter y aptitudes, pues a medida que me adentraba en su conocimiento crecía la afición. Para aclarar las muchas dudas que me iban surgiendo a cada paso que daba, tuve la suerte de toparme con unas personas que me ayudaron a comprender el mundo de este perro, Javier Parra Gordillo, Reyes Barquín y Antonio García Pérez . Paralelamente y quizás por deformación profesional me vi rebuscando primero en mis archivos personales y después allí donde iba, siempre alerta a descubrir un ejemplar de perro de agua en una pintura, en un grabado o cualquier alusión en un libro, con el fin de reunir documentos novedosos que ayudasen a conocer mejor su origen y trayectoria, testimonios que viniesen a reforzar la tradición oral que nos habla de la constante presencia de este perro en nuestra tierra. Mientras este proyecto sigue su curso, la búsqueda poco a poco va dando sus frutos. Una muestra de ellos es el cuadro que aquí presento.
Es un óleo sobre lienzo que pertenece a mi colección particular, lo adquirí hace unos trece años, aproximadamente. No está firmado, sin embargo debe de fecharse hacia el segundo tercio del siglo XIX, y su factura pertenece a la escuela sevillana de esa etapa. Las características estilista de esta obra permiten afirmar que fue realizada durante el romanticismo, período que, como es sabido, abarca aproximadamente el reinado de Isabel II: 1833-1868. En este contexto se desarrolló una importante tendencia: la pintura costumbrista, que en la escuela sevillana conoció un gran auge debido al progresivo aunque lento cambio en la sociedad (desamortización de Mendizábal, etc.). A esta escuela pertenecieron pintores que gustaron plasmar en sus lienzos paisajes idílicos con escenas pastoriles, de contrabandistas o de un acentuado costumbrismo, como es el caso de Andrés Cortés, Manuel Barrón, Alfred Deodenq, Joaquín Domínguez Béquer o Manuel Cabral Bejarano, entre otros.
Es un óleo sobre lienzo que pertenece a mi colección particular, lo adquirí hace unos trece años, aproximadamente. No está firmado, sin embargo debe de fecharse hacia el segundo tercio del siglo XIX, y su factura pertenece a la escuela sevillana de esa etapa. Las características estilista de esta obra permiten afirmar que fue realizada durante el romanticismo, período que, como es sabido, abarca aproximadamente el reinado de Isabel II: 1833-1868. En este contexto se desarrolló una importante tendencia: la pintura costumbrista, que en la escuela sevillana conoció un gran auge debido al progresivo aunque lento cambio en la sociedad (desamortización de Mendizábal, etc.). A esta escuela pertenecieron pintores que gustaron plasmar en sus lienzos paisajes idílicos con escenas pastoriles, de contrabandistas o de un acentuado costumbrismo, como es el caso de Andrés Cortés, Manuel Barrón, Alfred Deodenq, Joaquín Domínguez Béquer o Manuel Cabral Bejarano, entre otros.

Se trata de una escena rural muy al gusto de la época, pintura agradable, sin connotaciones políticas ni de compromiso social, que resalta lo popular reflejando un momento en la vida cotidiana del campesino, quizá la vuelta a casa después de una jornada de trabajo. El perro toma la iniciativa en la marcha y muestra un corte de pelo de trabajo, con el hocico y las patas despejadas para mejor acometer sus faenas, tal y como aún hoy se puede ver en el campo. La presencia del perro de agua acompañando al hombre viene a dejar constancia del valor que debían de tener estos animales por su inestimable ayuda en las labores de cabreros y pastores, amén de su polivalencia para otros menesteres. El personaje viste a la usanza andaluza, con el sombrero catite y la manta sobre el hombro, atuendo del que tenemos numerosos ejemplos en pinturas coetáneas. El paisaje bien puede tratarse de una de las provincias andaluzas, sin embargo al no introducir el pintor ninguna referencia significativa es prácticamente imposible aventurar de cual de ellas se trata.
Esta sencilla composición, al margen de sus aspiraciones artísticas, adquiere el valor añadido de lo antropológico al convertirse en testimonio de una época pasada y permitir que hoy podamos asomarnos a ella como si de una ventana al tiempo se tratase para captar ese instante en el devenir cotidiano de las gentes y los animales que vivieron entonces, salvando la distancia que nos separa y apreciando las similitudes que en la actualidad perviven.
