OTRO VERANO. 


 Llega el verano y todos parecen alterados, contentos, planeando cómo pasar esas semanas lejos del trabajo y de la vida cotidiana. Este año han decidido que viajemos de nuevo a un pueblecito muy pequeño que está en un lugar que llaman Castilla-León porque allí ellos se divierten visitando a familiares y nosotras dos también, además ya conocemos el sitio. 

Mi ama antes del verano suele pasar bastante tiempo frente al ordenador mirando fotos y descripciones de casas rodeadas de bosques y montañas, se queda embobada mirando esas fotos mientras yo, a sus pies, dormito confiada. De vez en cuando coge el teléfono y marca unos números, pregunta precios y sobre todo si admiten perros, en caso negativo se despide y cuelga, cuando le dicen que sí pero que tienen que quedarse fuera de la casa también se despide y cuelga, a mi ama le gusta que nosotras, sus compañeras peludas (como suele llamarnos) estemos cerca  porque dice que le transmitimos buenas vibraciones y que esas vibraciones le proporcionan energía y sensación de bienestar, alegría.  A mi todo eso me parece bien porque yo también soy feliz estando al lado de ella y  de toda la familia, claro. 

Bueno, como os iba contando, durante varios veranos antes de que yo llegase a esta familia, cuando vivían mi madre y mi abuela, pasaron las vacaciones visitando sitios diferentes. Una vez alquiló una casita preciosa en un lugar al que llaman Asturias, allá que se fue toda la familia, en el coche no cabía ni un alfiler, aquél verano fue divertido, aunque a mi abuela Oliva le prohibieron tajantemente correr detrás de las ovejas que solían pastar en el prado que había frente a la casa y que hacía las veces de jardín con mesa de piedra y asientos, la verdad es que ella hubiera preferido  morder los corvejones de las ovejas y reagruparlas, pero no le dejaron y puesto que mi dueña cuando se le mete algo en la cabeza es muy testaruda, mi abuela no tuvo más remedio que obedecer. Desayunaban en la terraza de un bar que había en la plaza del pueblo, ellas se tumbaban debajo de la mesa hasta que terminaban el desayuno y entonces iban con nuestra ama joven (es la más divertida de toda la familia) a ver a un caballo que había en un prado cercano, es que a mi ama joven le encantan los caballos y los burros y también jugar con  nosotras, esto último especialmente.  A la vuelta de aquel viaje pararon un par de días en la casa de Castilla y finalmente siguieron el viaje hasta nuestro hogar.  

                                                                                            

Otro verano me contó mi madre que fueron a un lugar que llaman Galicia. Aquella casa también era muy bonita, decía, y lo mejor de todo es que frente a ella había un bosque inmenso, pero tampoco las dejaban ladrarle a las vacas ni morderlas, en fin, cosas de mi ama. Estaba en una montaña, pero si bajabas la montaña había una playa con bastante gente, me contaba mi madre que ellos solían bajar un par de horas al día (mi madre decía que no entendía para qué con lo fresquito que se estaba en casa y eso que a ellas dos bien que les gustaba nadar y jugar en el mar) mientras ellas los aguardaban tumbadas sobre el frescor del suelo, tranquilas, puesto que sabían que ellos siempre vuelven, pero es que por lo visto a algunos humanos no les gusta compartir la playa con nosotros, los perros, aunque hay algunas a las que sí nos permiten ir. 

Otro verano fueron a un lugar que llaman Zamora, era un pueblecito no muy lejos de esa ciudad, rodeado de campo, y al atardecer solían dar larguísimos paseos por un sendero muy bonito que había, esta vez no era una casa alquilada, decía mi abuela, sino una habitación de un hotel rural, mi madre y mi abuela se portaron muy bien y eso que por entonces mi madre solo tenía un año, pero demostró a todos lo bien educada que estaba y antes de marchar, el dueño del hotel y su mujer se hicieron una foto con toda la familia a la puerta del establecimiento. 

También hubo un verano que viajaron a una playa que llaman Nerja, a una casita, y otro a un lugar llamado Laujar de Andarax en la Alpujarra de Almería. En otra ocasión a Granada, a un hotel, y a Jaén a visitar la ciudad, y a una sierra que llaman Cazorla a un apartamento rural. Y a un hotel rural muy bonito en la sierra de Huelva, cerca de un riachuelo donde me contaban que se daban  unos chapuzones…Y a un pueblo de Málaga llamado Coín…  

En fin, que la verdad es que mi abuela y mi madre viajaron a diferentes lugares cada verano, aunque casi siempre hacían parada unos días en la casita del pueblo.  

Mi abuela y mi  madre ya no están con nosotros, murieron, pero ahora mi compañera y yo seguimos disfrutando de unos veranos como los que ellas nos contaban, en familia (aunque ella se marea un poco en el coche). Y este año creo que iremos de nuevo a la casita que alquilan en el pueblo pequeñito de Castilla, a nosotras nos gusta, allí se está muy fresquito, tiene un patio y por la noche se duerme muy bien. Por las mañanas salimos todos a ver a la familia o amigos de mi amo, otras veces a pasear por los campos que rodean al pueblo o a visitar otros lugares y pasamos la mayor parte del día fuera con ellos, luego, cuando aprieta el calor volvemos a casa y nosotras nos ponemos a dormitar en los rincones más frescos. Dicen que este año iremos a un río cercano a nadar. Si salen al anochecer nosotras los esperamos tranquilamente y cuando llegan, sea la hora que sea, siempre nos sacan a dar una vuelta por ese pueblo tan chiquitito, aunque sea bien entrada la noche caminamos con ellos sin correa ni traílla, entonces todos duermen en el pueblo, no se oye nada, ellos hablan bajito y cuando llegamos a la plaza que hay junto a la iglesia se sientan en un banco de piedra gris, charlan bajito o miran el cielo lleno de estrellas donde resplandece la luna, como si fuese la primera vez que la ven, mientras nosotras olisqueamos por aquí y por allá. Luego volvemos juntos a la casa y dormimos hasta que el nuevo día anuncia otra jornada tranquila y feliz. Bueno, ya os contaré a la vuelta. 

Me han dicho que hay perros que sus amos abandonan al llegar estas fechas veraniegas porque resultan un estorbo para ellos, yo no entiendo eso, lo intento, pero no alcanzo a comprender cómo es posible que suceda tal cosa, pienso en nuestros amos, en toda la familia (ya que nosotras somos parte de ella),  y no concibo que pudieran hacer algo así, solo pensarlo me horroriza, pues… ¿Qué sería de ellos sin nosotras, que tanto los queremos? 

  

Lola Morales Ortega. 
Junio 2011.